Crónica por Maximiliano Simes
El azar puede ser un
efectivo disparador de la sorpresa. El día 21de septiembre por la mañana me
encontraba caminando por los pasillos de la feria del libro. El calor se
acumulaba dentro de las carpas y se oía el rechinar de las tablas de madera al
contacto con la suela de mis zapatillas. Me sorprendió el número de niños
encallando en algunos stands de las editoriales. Se los veía menudos, algunos
un tanto agitados, algunos separados de los padres, pero bajo la mirada
vigilante de los mismos. El entusiasmo infantil lo generaba Gaturro. El gato de
cachetes inflados creado por Nik captaba la atención de los niños.
—¡Mirá má, ahí está! – decía
un pequeño, señalando con el índice un cartel de Gaturro colgado de las
estanterías de la editorial El Mundo del Libro.
Me encontraba ensimismado
mirando la escena. De repente, una voz me sacó del letargo contemplativo.
—¡Ey, chango! ¿un mate?
Se acercaba Fidel,
sonriendo, con mate y termo en mano. Me saludó con efusión.
Fidel es el novio de una
amiga de la infancia. Es bien flaco, de altura promedio y unos dedos callosos
de tanto tocar la guitarra. Tiene Fidel un negocio familiar con sus hermanos:
Editorial Espartaco Córdoba, dedicada a la publicación de libros versados en
materia de antropología, sociología y estudios indigenistas. Después de aplicar
las consabidas frases de cortesía, Fidel me comentó que había ido a buscar agua
para el mate al departamento de un amigo, debido a que se le había quemado el
calentador eléctrico que poseían en su puesto. Con un ademán me invitó a que lo
acompañara hasta su stand, en la carpa del centro.
A paso lento, ocasionalmente
deteniéndonos a ojear algún libro, Fidel me narraba las peripecias de la Feria.
Señaló con vehemencia las dificultades monetarias para ocupar un espacio en la
feria que tenían las editoriales independientes.
—Andá, fíjate y compará el
tamaño del stand de Llanto de Mudo y el de Maidana Libros. Así está medio
difícil dar a conocer otro tipo de cultura. La literatura y los libros
subterráneos están condenados por el mercado.
Seguimos andando. Llegamos a
la salida de la primera carpa y me convidó con un cigarrillo. Mientras
fumábamos, Fidel exponía ideas de lo que consideraba qué era una feria: Un gran
mercado, a precio barato o diferente del usual, donde se exponían artículos
diversos.
—La diversidad está en la
diferencia. Acá (refiriéndose a la feria) están los mismos libros a los
mismos precios stand por stand. No hay un solo hallazgo.
Fidel se rió cuando le
pregunté si los libros que ellos vendían eran inconseguibles. Nosotros cargamos
con la bandera del conocimiento, no del mercado, respondió socarronamente.
Luego de acabar con el
cigarrillo, nos dirigimos hacia su stand. Fidel se sorprendió al ver tanta
gente invadiendo su stand. Uno de los que atendían, presumo que uno de sus
hermanos, lo miró y le hizo una mueca con la cara. Fidel se disculpó conmigo,
me dio un marcador de libros de su editorial, se despidió y terminó concluyendo
en voz baja: “Ahora es la hora del negocio”.
Habré pasado unos veinte
minutos, varios mates compartidos, en mi encuentro azaroso con Fidel.
Luego de que nos despidiéramos, regresé al stand de El Mundo del Libro. Ahora
habían más niños, en punta de pie, solicitando su tomo de Gaturro.