sábado, 27 de octubre de 2012

Una mañana con Fidel

Crónica por Maximiliano Simes

El azar puede ser un efectivo disparador de la sorpresa. El día 21de septiembre por la mañana me encontraba caminando por los pasillos de la feria del libro. El calor se acumulaba dentro de las carpas y se oía el rechinar de las tablas de madera al contacto con la suela de mis zapatillas. Me sorprendió el número de niños encallando en algunos stands de las editoriales. Se los veía menudos, algunos un tanto agitados, algunos separados de los padres, pero bajo la mirada vigilante de los mismos. El entusiasmo infantil lo generaba Gaturro. El gato de cachetes inflados creado por Nik captaba la atención de los niños.
—¡Mirá má, ahí está! – decía un pequeño, señalando con el índice un cartel  de Gaturro colgado de las estanterías de la editorial El Mundo del Libro.
Me encontraba ensimismado mirando la escena. De repente, una voz me sacó del letargo contemplativo.
—¡Ey, chango! ¿un mate?
Se acercaba Fidel, sonriendo, con mate y termo en mano. Me saludó con efusión.
Fidel es el novio de una amiga de la infancia. Es bien flaco, de altura promedio y unos dedos callosos de tanto tocar la guitarra. Tiene Fidel un negocio familiar con sus hermanos: Editorial Espartaco Córdoba, dedicada a la publicación de libros versados en materia de antropología, sociología y estudios indigenistas. Después de aplicar las consabidas frases de cortesía, Fidel me comentó que había ido a buscar agua para el mate al departamento de un amigo, debido a que se le había quemado el calentador eléctrico que poseían en su puesto. Con un ademán me invitó a que lo acompañara hasta su stand, en la carpa del centro.
A paso lento, ocasionalmente deteniéndonos a ojear algún libro, Fidel me narraba las peripecias de la Feria. Señaló con vehemencia las dificultades monetarias para ocupar un espacio en la feria que tenían las editoriales independientes.
—Andá, fíjate y compará el tamaño del stand de Llanto de Mudo y el de Maidana Libros. Así está medio difícil dar a conocer otro tipo de cultura. La literatura y los libros subterráneos están condenados por el mercado.
Seguimos andando. Llegamos a la salida de la primera carpa y me convidó con un cigarrillo. Mientras fumábamos, Fidel exponía ideas de lo que consideraba qué era una feria: Un gran mercado, a precio barato o diferente del usual, donde se exponían artículos diversos.
—La diversidad está en la diferencia. Acá (refiriéndose a la feria) están los mismos libros a los mismos precios stand por stand. No hay un solo hallazgo.
Fidel se rió cuando le pregunté si los libros que ellos vendían eran inconseguibles. Nosotros cargamos con la bandera del conocimiento, no del mercado, respondió socarronamente.
Luego de acabar con el cigarrillo, nos dirigimos hacia su stand. Fidel se sorprendió al ver tanta gente invadiendo su stand. Uno de los que atendían, presumo que uno de sus hermanos, lo miró y le hizo una mueca con la cara. Fidel se disculpó conmigo, me dio un marcador de libros de su editorial, se despidió y terminó concluyendo en voz baja: “Ahora es la hora del negocio”.
Habré pasado unos veinte minutos, varios mates compartidos, en mi encuentro azaroso  con Fidel. Luego de que nos despidiéramos, regresé al stand de El Mundo del Libro. Ahora habían más niños, en punta de pie, solicitando su tomo de Gaturro.



   

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